¡Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenesí de su cólera y pavor, una granizada de golpes al pecho del viejo atleta. Éste permanecía inmóvil como una roca. Luego, con burlona calma, dejaba caer su mano de hierro sobre la frente del sacerdote y le hacía rodar por el suelo. Alzábase vivamente y acometía de nuevo con mayor ardimiento, y otra vez volvía a caer aturdido por el golpe. Se aproximaba al término del libro. Sentía ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obstante, tentar un último esfuerzo contra aquella lógica abrumadora y desembarazarse de los lazos que le aprisionaban. Todo fue inútil. El hércules alemán le sujetó entre sus brazos poderosos, le sacudió unas cuantas veces, cual si fuese de paja, y por último lo arrojó con violencia al suelo.
Ya no pudo levantarse. Cuando despertó de su aturdimiento se confesó que estaba vencido. El mundo se le ofreció entonces claramente como su propia representación. Todo lo que existe no existe más que por el pensamiento. El filósofo de Koenisberg no quiso sacar esta consecuencia; pero estaba bien clara; no había otra posible para sus terribles premisas. Ese sol que nos alumbra, ese mar que ruge a nuestros pies, esos mundos que pueblan el espacio son otras tantas representaciones de nuestro pensamiento. Sólo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. El centro de gravedad de la existencia recae en el sujeto y es un fenómeno de su cerebro. Todo este universo tan rico y tan vario, todos los seres grandes y pequeños, los astros como los insectos, tienen suspendida su existencia de un hilo muy delgado, el hilo de la conciencia. El mundo guarda mucha semejanza con un sueño, una quimera... Y de ese Dios creador de las cosas, padre de los hombres, ¿qué sabemos? Jamás sabremos nada. Desde el momento en que el mundo y el orden del mundo son puros fenómenos determinados por nuestra inteligencia, no tiene razón de ser una Inteligencia Suprema. Había llegado la hora de poner a Dios a la puerta y despedirlo con todos los honores de un rey destronado legalmente.
Pálido, anhelante, con el cuerpo rendido a la fatiga y el alma deshecha de dolor, el P. Gil permanecía extendido en su pobre sillón. Tenía el libro abierto sobre las rodillas, los brazos pendientes, los ojos cerrados. Por los intersticios de sus pestañas comenzaron a rezumar algunas lágrimas, que bajaron trémulas y silenciosas por sus mejillas. Era la imagen triste del vencido. Poco después su cuerpo delicado se estremeció, contrajéronse los rasgos de su fisonomía dulce y apacible, y sacudió su pecho un sollozo. Se llevó las manos al rostro y lloró con desconsuelo.
—¡Nada, nada!... ¡Nunca sabremos nada!
Su ama D.ª Josefa quedó estupefacta al penetrar en la estancia y encontrarle de aquel modo. El excusador levantó la cabeza y se apresuró a volverla en seguida para que la buena mujer no advirtiese su estado; pero ya era tarde.
—¿Cómo?... ¿Está usted llorando, señor excusador? ¿Qué le ha pasado, criatura? ¡Virgen de la Soledad! Si tuviera padres o hermanos, creería que se le había muerto alguno... Apuesto a que ese narizotas de D. Narciso le ha dado otro disgusto. ¡Desprécielo, D. Gil, desprécielo!
—¡Oh, no! ¡Cuidado con las injusticias, doña Josefa!—se apresuró a decir el joven.—Nadie me ha causado disgusto alguno. Estas lágrimas provienen de un malestar nervioso que siento hace días.
—¡Si ya se lo decía yo! Usted trabaja demasiado... Esos dichosos libros, que quisiera ver quemados...
Aquí D.ª Josefa enjaretó una larga catilinaria, declarándose en principio sectaria devota del califa Omar. El P. Gil la atajó antes de terminar.
—¿Qué venía usted a decirme, D.ª Josefa?