—¡Ah, se me olvidaba! Su madrina manda recado de que el hermano se está muriendo: que vaya usted en seguida y que lleve los santos óleos.
—¡Jesús!... ¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!... No pensé que fuera para tan pronto... ¡Pobre D. Álvaro!—exclamó levantándose vivamente y apresurándose a ponerse los manteos y el sombrero.
—¡Bah! ¡Un hereje que no ponía los pies en la iglesia! ¿Qué importa que se muera? Cuanto primero se lo lleven los demonios, mejor.
El excusador le dirigió una mirada tímida y ansiosa. No se atrevió a protestar de la barbarie: temía que penetrara en su alma y leyera sus sacrílegas dudas.
Después de pasar por la iglesia y recoger los óleos, penetró en el vetusto palacio de Montesinos. El día estaba encapotado. La lluvia caía tristemente con una pertinacia que sólo se conoce en aquella región de la Península. Salió a abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo doméstico estaba desencajado. Parecía que le habían echado en pocos días diez años encima. Así que vio al sacerdote le cogió, con sus manos trémulas, por las muñecas y exclamó con voz alterada:
—¡Se muere, D. Gil! ¡Se muere!
Y un raudal de lágrimas corrió por sus mejillas surcadas de arrugas.
—¿Está tan grave?
—¡Se muere! ¡Se muere!... ¡Ha sido ella, sí, ella!... Pero yo la mato... ¿sabe usted? la mato... Después que me maten a mí... que me echen al mar... Quiero vengar a mi señorito... ¡Yo mato la zorra, yo!
El anciano, sin saber de dónde la sacaba, apretaba al mismo tiempo con tal fuerza las muñecas del presbítero que a éste le costó trabajo reprimir un grito de dolor.