—¡Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos toca es atender al enfermo y ver si podemos aliviarle.
—Suba usted conmigo, señor excusador. No hay esperanza... El médico lo ha dicho... ¡Pobre señorito de mi alma!... ¡La mato, la mato!
En el gran patio, toscamente empedrado, la lluvia producía ruido lúgubre. Subieron la escalera deteriorada y sucia del principal. Ramiro iba llorando y murmurando amenazas. Ascendieron después al segundo. El viejo empujó la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se detuvo, impresionado por el espectáculo que se ofreció a su vista. D. Álvaro Montesinos yacía en la cama, más bien reclinado que extendido, con una pila de almohadas detrás de la espalda; yacía presa de un síncope o ataque de disnea, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudido de vez en cuando su mísero tórax por un hipo aciago. No había a su lado más que D.ª Eloisa y una criada. Aquélla le daba con un abanico aire, que el enfermo instintivamente trataba de recoger. Ofrecía ya en su fisonomía todos los signos de la muerte.
D.ª Eloisa, al sentir el ruido de la puerta, volvió su rostro bañado de lágrimas, e hizo seña al sacerdote para que se aproximase.
—Hace un cuarto de hora que está en el ataque—dijo con voz de falsete.—Puede quedarse en él... ¿Quiere usted ponerle la Santa Unción?
Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reinaba en aquel momento en su cabeza le estimulaban a hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abrió como un autómata la caja de los óleos y se dispuso a imponer el último sacramento a su desdichado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa para ungirle los pies. D.ª Eloisa y la criada se volvieron; marcharon hacia un rincón de la estancia y sollozaron fuertemente. La lluvia batía en aquel momento los cristales emplomados del balcón con triste repiqueteo. Las cortinas sucias ya, de muselina antigua, cernían tenue claridad en la alcoba. El P. Gil, con mano trémula, iba cumpliendo su piadoso oficio, mientras el último vástago de la casa Montesinos yacía sin conocimiento, con la terrible palidez de la muerte impresa en sus facciones. Cuando estaban a punto de terminar, serenose un tanto el pecho del enfermo. Poco después abrió los ojos y paseó una mirada de sorpresa y aun de espanto por la estancia. Tornó a cerrarlos. Al cabo de un momento los abrió, miró fijamente al P. Gil, dirigió después la vista a los óleos que tenía en la mano, y sus labios amoratados quisieron plegarse con una sonrisa.
—¡Al fin me han untado ustedes!—dijo con voz apenas perceptible.—Han hecho bien... Pero esta máquina ya no anda, por mucho aceite que ustedes la echen...
El P. Gil dirigió una mirada expresiva a doña Eloisa. Ésta exclamó con angustia:
—¡Acuérdate de Dios, hermano mío!
—Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy agradecido.