El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. Hizo seña a D.ª Eloisa y a la criada de que se retirasen, como si fuese a confesarle. Las mujeres se apresuraron a cumplir la orden, ávidas, sobre todo la hermana, de que el moribundo se reconciliase con Dios.
—Aunque hace ya mucho tiempo que no hemos hablado de asuntos religiosos—dijo el padre Gil, sentándose al pie de la cama e inclinando su cabeza hacia el mayorazgo,—presumo que sus ideas no habrán cambiado desde la última vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos momentos en que su vida corre algún peligro, ¿no siente usted la necesidad de una fe que le alumbre en las tinieblas en que puede ser envuelto, de alguna esperanza que le consuele en este amargo trance?
—Ninguna... He llegado felizmente al desenlace de la horrible comedia... Todos los hombres juegan en ella un papel bien poco airoso... El mío ha sido tristísimo...
—Verdad, D. Álvaro... Es usted uno de los hombres más desgraciados que he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o recibirá en él la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este instante de sus pecados... y también de sus ideas anticristianas.
Estas últimas palabras las pronunció el padre Gil en voz más baja, como si sintiera vergüenza.
—Ni en el cielo ni en la tierra... hay esa justicia ridícula que usted supone... Pero hay otra más grande... y se va a cumplir ahora.
—Y tantos dolores como usted ha experimentado, ¿serán infructuosos? ¿No se cree usted con derecho a una compensación?
—No... Soy profundamente culpable por el hecho de haber nacido.
—Eso es horrible, D. Álvaro, y además absurdo. Los dolores de este mundo nos hacen creer que éste es un pasaje de tránsito y prueba, que después de esta vida, triste y amarga, hay otra eterna donde nuestra alma inmortal gozará al fin la felicidad más pura. Usted, que ha padecido más que los otros, gozará de mayor premio.
—¡Oh, no!... ¡No quiero premios!... ¡No quiero vida futura!... Quiero reposar... ¡reposar eternamente!... ¡Qué dulce... es esta palabra, padre!... ¡No sentir ya nunca más los latigazos de la naturaleza ni las puñaladas de los hombres!... ¡No sentir este cuerpo miserable que tanto me ha hecho padecer! ¡No sentir los dientes de esa infame royéndome el corazón lentamente!... Escuche usted, padre... Si usted me tiene siquiera un poco de lástima... no intente quitarme esta última ilusión... Si sabe usted que hay cielo, cállelo... No turbe usted, por cuanto más haya querido en el mundo, esta paz bendita en que voy a entrar...