El P. Gil, sacudido por un estremecimiento de tristeza y compasión, comenzó a llorar.
—Gracias... gracias por esas lágrimas—dijo el enfermo sonriendo.—Al mismo tiempo dejó caer su mano, trasparente como la porcelana, sobre la del sacerdote y la apretó suavemente.
Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, con la mirada extática, clavada en el balcón, meditaba. El moribundo, con los ojos cerrados, parecía prepararse a conciliar el sueño dulce que anhelaba. La estancia se oscurecía por momentos fuertemente y en otros se esclarecía, revelando la espesura de las nubes que interceptaban la luz del sol.
—Pero ¿no siente usted horror a la nada, al aniquilamiento absoluto?—exclamó al fin el P. Gil con cierta violencia, como si argumentase contra su propio pensamiento.
El mayorazgo abrió los ojos sorprendido.
—¿Cómo?... ¿Si no tengo miedo a la nada?... ¡Oh, no! A lo que tengo miedo es a la vida... Todos se casan con ella al nacer, y a todos les sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo callan por vergüenza, como hacen la mayor parte de los maridos.
—¿Y si Dios le condenase después de esta vida a eternos tormentos por haber blasfemado tanto?
El moribundo sonrió con trabajo.
—Eso lo han inventado ustedes los clérigos... para turbar la paz de esta hora... de esta hora dichosa... Pero yo la he comprado demasiado cara para desprenderme de ella...
Hubo otro largo silencio. El enfermo volvió a cerrar los ojos. Aparte de cierta extraña agitación en los dedos, su actitud tranquila confirmaba el sentido de sus palabras. Parecía estar gozando con voluptuosidad de la insensibilidad que poco a poco penetraba en su ser, de los preludios de la nada.