—Y sin embargo—concluyó por decir el P. Gil, exhalando un suspiro y con los ojos clavados siempre en el balcón,—¿no sería infinitamente más dulce esta hora si fuese la entrada de una nueva vida, si por nuestra alma bajase una legión de ángeles que la llevasen a gozar de Dios eternamente, como creemos los cristianos?
El mayorazgo alzó un poco los ojos e hizo signos de negación con la cabeza. Volvió a cerrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos instantes un esfuerzo para incorporarse, dijo con voz más firme:
—Para que la vida en otro mundo me fuese soportable... sería forzoso que trasformasen mi ser por completo... Mi carácter por sí sólo bastaría para aburrirme... Déjeme usted reposar en paz... Deje usted, padre, que se destruya el error fundamental de mi existencia... Ni yo ganaría nada con perpetuarme... ni el Universo tampoco... Ahí quedan otros millones de seres encargados de sostener el fardo de la vida.
—¡Pero es horrible entrar en una noche sin límites, eterna!
—No tal... La vida es una pesadilla... La muerte es un sueño tranquilo...
Cerró de nuevo los ojos. El P. Gil le apretó cariñosamente la mano, exclamando:
—¡Quién sabe!
La mano del moribundo se estremeció levemente. El excusador no volvió a desplegar los labios. Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró también los ojos, apretándolos con las yemas de los dedos, cual si tratara de contener el torrente de pensamientos que se escapaban de su cerebro. El viento y la lluvia habían cesado. No se oía en la estancia más que el rumor lejano de las olas batiendo contra los peñascos.
La meditación del sacerdote fue larga y dolorosa. La hoja aguda y fría del escepticismo penetraba en sus entrañas: una mano cruel la revolvía sin piedad para desgarrárselas mejor. Lo que aquel hombre, enloquecido por el dolor, decía quizá no fuese cierto. Pero ¿lo era lo que afirmaba el cristianismo? Éste, en último resultado, también era una tentativa para explicar la Existencia y el Universo, más hermosa, más consoladora que las demás... pero al fin una tentativa. Ninguna seguridad podíamos tener de ella, pues que no la tenemos de nuestra facultad de conocer las cosas.
Cuando al cabo de un rato largo levantó la cabeza, el susto que recibió le hizo dar un salto en la silla. D. Álvaro se estaba muriendo. Tenía la boca abierta y recogía en silencio el aire, que ya no bastaba a mover sus deshechos pulmones.