—¡D. Álvaro! ¡D. Álvaro!—le gritó, sacudiéndole.

No respondió. El P. Gil cogió el abanico que estaba sobre la mesa de noche y se apresuró a darle aire. Al mismo tiempo gritó:

—¡Madrina! ¡madrina! ¡Venga usted!

D.ª Eloisa y la criada se precipitaron en la habitación. En vano trataron de reanimar al moribundo dándole aire después de incorporarle, abriendo el balcón, frotándole los pies con un cepillo, haciendo todo lo que les sugería en aquel momento su imaginación. Era el último ataque de disnea. Abría de vez en cuando la boca. Movía los dedos con ligeras sacudidas. Pero su fisonomía se iba inmovilizando rápidamente. El hombre trasmigraba a la estatua; el alma se convertía en piedra.

Aspiró tres o cuatro veces seguidas el aire y quedó rígido, inmóvil, con los ojos y la boca entreabiertos.

D.ª Eloisa se abrazó a él sollozando y cubrió de besos su faz cadavérica. La criada rompió a gritar como si la estuvieran golpeando. El padre Gil se dejó caer de rodillas y se puso a leer en voz baja por su breviario.

Al cabo de un rato D.ª Eloisa y la criada también se arrodillaron al pie del lecho y oraron. Pero aquélla, viendo asomar una lágrima por entre las pestañas de su hermano, se levantó prontamente y la recogió con el pañuelo. Era la lágrima que vierten los que acaban de morir; lágrima de protesta de la criatura contra el poder aciago que la ha sacado de la nada sin pedírselo.

—¡Mire usted, padre, qué sosiego, qué quietud tan dulce respira su fisonomía!—exclamó la buena señora, contemplando a su hermano con ojos de dolor y ternura.—¡Bien se conoce que al fin se ha reconciliado con Dios!

El sacerdote dejó caer el libro sobre el lecho y se tapó el rostro con las manos.

XII