Un vecino mío necesitaba un «garage» y llamó á un albañil, que se lo construyó rápidamente y á la perfección. Poco después este albañil quedó sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brindó á desempeñar este oficio. Efectivamente, lo desempeñó con tal acierto e inteligencia, que nos dejó maravillados. Más tarde mi vecino se quedó sin cocinera. El albañil entró en la cocina y resultó un cocinero admirable.

—¡No despida usted, por Dios, á la nodriza—le dije á mi amigo—, porque estoy viendo á ese hombre dar el pecho á su niño!

De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fían casi todo á sus máquinas; pero la mejor máquina de todas es el hombre. Cuando hay talento la fuerza más pequeña se convierte en formidable. Los alemanes son superiores en número, en preparación, en máquinas de guerra; pero los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre fría. Los alemanes tienen más y mayores cañones; pero los artilleros franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con más habilidad. Aquéllos poseen espléndidas cocinas portátiles; pero éstos, con más pobres hornillas, comen mejor.

Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor, prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico, espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores.

No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos despiadados.—Señor, señor—le decía á éste el general Junott—, es imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal barre á nuestros hombres.—¡Adelante!—respondía Napoleón.

—Señor, que cada regimiento que avanza es sacrificado.—¡Adelante!—repetía Bonaparte.

No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz, laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha subido la raza á la cabeza y han podido decir y cometer muchos disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades, sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro.

Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio Barrés les haya llamado raza asquerosa. En Francia todos los hombres de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él.

Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino! ¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el cuerpo del enemigo.

Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y grita—¡Señores ingleses, tirad los primeros!—Quizá parezca hoy esto quijotesco; pero entre el tirad los primeros de aquel general y el toma, cochino, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que grita «¡toma, cochino!»