La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el comienzo de la guerra. Guardas y ciceroni han ido á combatir. Hube de reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor de Austerlitz.
Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV.
Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos caer de rodillas.
¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas.
Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos emisarios.
¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él.
Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación. Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un hombre bueno queda para la eternidad.
No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno. Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado.
Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder».
Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase, expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir.