Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia.

¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!—oigo exclamar á algún conservador furioso—; Y me recuerda los viles asesinatos de Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y depredaciones de otros sitios.

Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre puede ser honrado»—decía Cervantes—. La honradez es un producto caro y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden proporcionarse el lujo de ser honrados.

Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario.

En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas.

Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo espíritu cristiano.

Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina.

Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses, volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz que percibimos venía del socialismo. La diplomacia—nos decíamos—es impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos, ¿quién marchará á la batalla?

Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma inconsciencia que los soldados mercenarios.

¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus correligionarios.