—¿Valía la pena—le dije—de que ustedes estuvieran tantos años predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan feroces guerreros como los demás?
He aquí los términos en que respondió á mi interpelación:
«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros. Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre, desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo. Gœthe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora, fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro.
«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.»
Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad.
Franceses y Españoles
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