Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme retroceder por lo peligrosa. ¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos os escuchan!, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios. No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen éxito. Este balancín se llama sinceridad.

Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones. Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia europea, tampoco.

Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después de larga ausencia.

—¿Cuándo ha llegado usted?—le pregunté.

—Hace tres días—me respondió.

Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió:

—Y algo más.

Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia.

Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.

Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias, desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman «conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con los ojos inyectados.