Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.

Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.»

Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.

Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación; todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él mismo á confirmarlas.

—Ayer—me dijo—he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo, se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:—Hombre, eres un tonto. A España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.

Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en Mequinez.

Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho, existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, milicia y estado llano, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros españoles serían germanofilos.

No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia los alemanes?

—No es el amor por los alemanes lo que les impulsa—me decía un amigo—. Es el odio hacia los franceses.

—¡Imposible!—le respondí—. En la doctrina cristiana la palabra odio no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida. Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos.