Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los aliados.
Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los franceses la aversión que les han inspirado unos pocos.
El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir? Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces.
Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente? Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con respecto á España, en este caso á la hora presente.
Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.»
Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de estos buenos españoles.
Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio. Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el acento toscano ó napolitano.
Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros; saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos estar seguros de la amistad de la Francia.