—Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese siete hermanos.

La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:

—¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!

En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee 500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee 300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se observa generalmente en los ricos españoles!

En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.

Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus riquezas. El ciego me replicó, suspirando:

—Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.

Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por igual fervoroso culto.

En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á sus parroquianos.

Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas en que había tomado parte.