—Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de aquellos cochinos...

—¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!—exclamó monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás vivamente.

Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido y balbució algunas palabras incoherentes.

¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? ¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, sino que corría de su bolsillo.

Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le llamamos interesado.

Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de energía nos será de mayor utilidad.

Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.

Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á puerto seguro.