Las mujeres y la guerra
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Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.
En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el otro, y así sucesivamente.
Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen 240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la clase más numerosa.
Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo llevamos dentro.
Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y exclamó: