—¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas cosas!
—No hay que hacer un viaje tan largo—le respondí—. Se conoce que no pasea usted por las avenidas del Retiro.
La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para divertirse.
Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con pudor.
Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?
Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.
El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.
Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.
Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:
—Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no conseguirá entrar en el coche.