Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que me dice:

—Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.

Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de adorar á estas buenas viejas francesas?

Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo toda cortesía.

—¡Oh, madame!—gritaba, una dando á la otra un arañazo.

—¡Oh, mademoiselle!—gritaba la otra respondiendo con un estirón de pelos.

Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una historia que las enternece.

Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más dignidad aun.

Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus esposos y hermanos hasta morir.

¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos cuartel!