Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta inquietud y amargura:
—Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave conflicto, puede usted creerme.
Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.
Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para arbitrar recursos.
Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.
Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.
Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas enfermeras le pregunté:
—¿Son ustedes aquí todas voluntarias?
—Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.
Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota: