Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, sin piernas y ciego. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:
—Padre, ¿me quieres todavía?
—Infinitamente más que antes, hijo mío.
—Pues voy á pedirte un favor.
—Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.
—Mátame.
—¿Qué es lo que estas diciendo?
—Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.
Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.