Añadid á éstos los escépticos, los frívolos, los caprichosos, aquellos que se declaran por unos ó por otros como en la Plaza de Toros se toma parte por uno ó por otro espada y en el Hipódromo por uno ú otro caballo.

Y, sin embargo, merece la pena de que examinemos con seriedad y rectitud este litigio. La sangre de nuestros hermanos corre á torrentes. ¿Somos, por ventura, los españoles tranquilos espectadores sentados en el coliseo para presenciar una fiesta de gladiadores? ¿Consiste nuestra tarea en certificar cuál es el que ha dado mejores golpes ó ha caído con más gracia? No; nuestra carne sangra cuando sangra la de nuestros hermanos; nuestras lágrimas corren con las que ellos vierten. Unos somos ante la justicia divina. Pidámosle que nos ilumine y no nos deje caer en el error, para que ella no nos pida algún día estrecha cuenta de nuestra injusticia.

Jamás olvidaré la tarde del 2 de agosto de 1914. Me hallaba veraneando en un perdido rincón de las Landas francesas y me ocupaba en contemplar á un obrero que construía un gallinero en el jardín de mi casa, ayudado de un niño hijo suyo. Eran las cuatro de la tarde. El sol nadaba por el espacio diáfano; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; los pájaros marinos revoloteaban sobre nuestras cabezas. Departíamos amigablemente. De pronto, el obrero suspende su trabajo, levanta la cabeza y exclama inmutado:

—¡Monsieur, la campana!

Atendí un momento y escuché, en efecto, el tañido lejano de la campana de la iglesia.

—¿Será á fuego?

—No; no es á fuego—repuso con voz sorda, bajando de nuevo la cabeza y prosiguiendo su tarea.

Al cabo de algunos minutos la alzó de nuevo, con el rostro pálido.

—¡Monsieur, el cañon!

Atendí otra vez; pero no logré percibirlo. No era extraño, porque nos hallábamos á 22 kilómetros de Bayona.