—No oigo nada.
—¿Has oído tú?—preguntó á su hijo.
—Sí, lo he oído—respondió el niño, más pálido aun que su padre.
De pronto, allá á lo lejos, se escucha el redoble del tambor. Me sentí conmovido hasta lo más profundo de mi ser. ¡El tambor, sí, cuyo redoble se acercaba siniestro, fatídico, rompiendo el silencio inocente de la campiña!
Y en aquel momento acudieron á mi imaginación los recuerdos de la historia primitiva de la Humanidad. Veía al clan vecino más numeroso y más guerrero arrojarse de improviso sobre el clan más débil, apoderarse de sus ganados, violar á sus mujeres, degollar á sus hombres. ¡Ahí están, ahí están los feroces enemigos! Entonces también resonaría por los campos el grito de alarma; entonces también los hombres quedarían pálidos y las mujeres, apretarían á sus hijos contra el pecho.
Comprendí que una gran nación corría peligro de muerte. La patria de Pascal y de Racine, de Bossuet, de Rousseau, de Balzac, de Musset y de Víctor Hugo iba á ser, humillada, tal vez aniquilada para siempre. No era una guerra romántica, como la de Napoleón, la que se preparaba, en que un genio ambicioso arrojaba á puntapiés de sus tronos á unos cuantos ridículos déspotas que tenían á la Europa bajo su férula; en que un ejército incomparable corría detrás de él ebrio de gloria, pero no de riquezas. La que ahora se avecinaba era una tragedia sórdida, el rumor de un pueblo que viene rugiendo de codicia á apoderarse del fruto del trabajo de su vecino. Pocos meses antes los periódicos alemanes anunciaban que en la próxima guerra exigirían de indemnización á la Francia cuarenta mil millones de francos.
Salí precipitadamente de mi casa y salvé casi á la carrera el kilómetro que me separaba del burgo. Los habitantes todos se hablaban unos á otros sin ruido y con imponente calma.
Al atravesar por medio de un grupo de mujeres me clavaron una mirada recelosa y hostil. Más allá, al cruzar cerca de otro lo mismo. Yo era el extranjero que penetra curioso ó indiferente en medio de una familia afligida. ¡Pobres mujeres! Si supieseis que mi corazón en aquellos instantes se hallaba tan contristado como el vuestro!
Tropecé con un grupo de conocidos, que apartaron de mí los ojos fingiendo no verme. Entonces yo, herido y apenado por aquella hostilidad, me dirigí resueltamente á ellos.
—Señores, soy un extranjero; pero no puede serme indiferente la desgracia que en este momento pesa sobre vosotros. Estoy enteramente cierto de que no queríais la guerra, de que nadie pensaba siquiera en ella.