Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles sostenan en todas las ciudades del imperio.

A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?

Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y músicos que tanto hemos admirado siempre.


El ídolo científico

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