Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.
¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no podemos evitar.
La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en que ha caído nuestra pobre Humanidad.
Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.
¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la superstición teísta.
No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda inmoralidad.
El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!
¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.
Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.
Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas; la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica. La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.