De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.

Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan los puños y desafían á todo el mundo.

Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en una nación agresiva y provocadora.

Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de la lucha.

Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos, comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro que no tardamos en verlo ensangrentado.

A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.

Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania. No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la noche á la mañana.

No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región. Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos, salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.

El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.

Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad. Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar, y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.