—¿En qué se funda usted para suponer esto último?—le pregunté yo, picado de curiosidad.

—Me fundo—respondió—en que Alemania es el único país organizado actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica, porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados, subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran resultados superficiales.

—Esos esfuerzos aislados—le repliqué—han producido, sin embargo, toda la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante general de la región.

Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».

Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:

—Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas es necessario huir de los conceptos à priori y comprender que todo, absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.

—¡Me alegro muchísimo—exclamé yo—de no ser hombre de ciencia! Es preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».

—Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales ningún espíritu positivo puede ya creer—replicó sin dejar de sonreir—. Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria porque es científica.

—¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?

Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.