Admiro su literatura, su política, sus costumbres, sus juegos, su originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres libres. Todos los demás, comparados con ellos, somos esclavos. Cuántas veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en España, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros rusos, me tengo dicho: «Prohibid, atropellad, maltratad: ¡mientras exista Inglaterra no desaparecerá la libertad del mundo! Allí iremos en último extremo á refugiarnos los que no hemos nacido serviles!»

Se moteja el orgullo británico. Sin embargo, dondequiera que hay una cosa digna de admiración allí está un inglés admirándola. Su orgullo significa la confianza en sí mismos; esto no inspira aversión, sino respeto. Cuando estalló la guerra se creía unánimemente en Europa, y los alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas colonias de Inglaterra se alzarían para sacudir su dominio. Acaeció todo lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrópoli como en su propio corazón y se aprestaron á enviarla todos sus recursos.

No se ha meditado bastante sobre este hecho, único en la historia de la humanidad. ¡Qué conducta amable y generosa es necesario seguir para que aquellos que se hallan bajo nuestro señorío nos amen lo bastante para no romper el yugo cuando la ocasión se presenta! Que en tiempos pretéritos han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de otras naciones. ¿Para qué hablar de lo que está sepultado en los abismos del tiempo? La historia del género humano es la historia de la fiera humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos á los otros.

Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional experimentaron algunos dolorosos reveses debidos á la pericia y valor de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que más daño les hizo fué, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien; cierto día, en un cinematógrafo, apareció repentinamente su retrato. Un aplauso unánime estalló en la sala acogiendo la efigie de su heroico enemigo. Pensemos en lo que sucedería en cualquier otro país de Europa en caso semejante. ¡Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso poderío se destruya! ¡Los ángeles sostienen sobre sus alas los poderes justos!

El contacto más intimo con Francia e Inglaterra, países libres, hará á Rusia más libre. En este país se da el caso inaudito de que un déspota imponga la libertad á su pueblo. «Vosotros los filósofos—decía Catalina II á Diderot, que la empujaba con vehemencia á las reformas—escribís sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho más susceptible.» El buen Zar Nicolás II tiene ocasión ahora de comprobar la sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado: «¡Vivan las cadenas!» y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente á ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer tabla rasa de la tradición. Con tanto demonio desatado no es fácil salir del infierno.

Italia ganará á Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante todavía por la Italia irredenta, podrá descansar tranquila en su sepulcro. Bélgica restañará presto sus heridas. Turquía entregará al cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balkánicos seguirán tirándose pellizcos á la sordina hasta que Europa, como un maestro severo, llevándose el dedo á los labios y enseñándoles la vara, les imponga reposo.

¿Vendrá el desarme? Sí; yo espero que vendrá el desarme. La enfermedad ha hecho crisis. O muere ó se salva el enfermo: ó descendemos de nuevo á los antros profundos de la animalidad ó asomamos la cabeza sobre las nubes. «El animal toma su punto de apoyo en la planta—dice nuestro huésped reciente Enrique Bergson—; el hombre cabalga sobre la animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un inmenso ejército que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y detrás de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las resistencias y de franquear muchos obstáculos, hasta la muerte quizá.»

El obstáculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el más alto que se le ha presentado en su larga carrera. El trampolín está delante. Si retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del animal; seguirá imperando, como en el fondo del océano, la ley del más fuerte. El estado de guerra se perpetuará en nuestro planeta; el odio establecerá definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera rugirá de nuevo por la boca de los cañones. Si lo salta, caerá en el blando regazo de la ley de Cristo, adquirirá para siempre conciencia de sí misma y proseguirá gloriosamente su camino hacia los altos destinos que la Providencia la tiene reservado.

FIN