Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de Shakespeare.

Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!

El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los bastidores y bambalinas de que está rodeado.

Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que rectifiquemos el camino.

Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio, ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un sabio lo mismo.

Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación. Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso (si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.

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Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra?

Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante. Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas, y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo.

Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán, dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo mismo!