Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la llave.
Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un salto prodigioso.
¿Pero las comarcas devastadas?—Volverán la poblarse: el chirrido de la carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora retumba el cañón y los gritos de batalla.—¿Y tantos miles de pobres seres mutilados?—Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la tienen encadenada para siempre.—¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se ha vertido?—Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.
La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto para que me respetes y nada más.
Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible inundación dejará en pos de sí.
Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó una bestia.
La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido moral exclamaron en Europa:—«¡Esto se descompone!»—Todos vimos ya revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la tolerancia.—«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace Atila?»—exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del segundo Imperio.—Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad fraternidad, ¿para qué existe?
La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.
El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. ¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la cabeza?
¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.