—Ya ves lo que ocurre—le dije—. ¿Tienes miedo?

—Sí, señor; tengo miedo porque mis dos hermanos deben marchar inmediatamente... pero es necesario concluir, monsieur, es necesario concluir.

Llegué hasta la playa y me senté delante de un humilde café que allí hay. En una mesa próxima un viejo militar retirado decía á sus amigos:

—Vale más ser destruído de una vez que humillado á cada instante. Es preciso concluir.

—¡Es preciso concluir!—repitieron á coro sus amigos.

Al cabo de dos años entro de nuevo en Francia, llego á París, y la misma inquebrantable resolución, expresada en la misma forma, suena por todas partes en mis oídos. ¡Es necesario concluir! Sí; la guerra no terminará hasta que se disipe la negra pesadilla que atormentaba á la nación francesa. O á la tumba, ó á la libertad. El clan vecino no se arrojará ya sobre ellos mientras estén vivos.

¡Cuán distinto, sin embargo, el timbre de las voces! Las voces cantan, las voces ríen, las voces juegan. Un rayo de sol ha caído sobre la Francia. Ya no se bajan los ojos; ya se levanta la frente; las miradas se clavan brillantes en nuestro rostro. Un amigo, al abrazarme en la estación, me dijo al oído alegremente:

—¡Seguros!

—¿Ya no tiene usted miedo de que aparezca Lohengrin en el horizonte?

—Si aparece, vendrá ya sólo con su cisne.