—Ya comprenderá usted que nuestra intención...

—¡Qué intención ni que Cristo, ni qué mal rayo que los parta!—profirió Puig llevándose las manos a la cabeza.—¡La han hecho ustedes buena! ¿Y cómo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?

—¿Quiere usted mi sombrero y mis botas?—le preguntó D. Nemesio.—También le puedo facilitar alguna camisa.

—Déjeme usted en paz con sus botas y sus camisas... Lo que yo quiero es mi equipaje, ¿sabe?... ¿Qué rayos tenía usted que ver con él, ni por qué se ha metido donde no le llamaban?

—Oiga usted, señor mío, me parece que no hay razón para faltarme—exclamó D. Nemesio encrespándose.

—La culpa ha sido de los dos, señor Puig, me apresuré yo a decir.

Cada vez más furioso, y tirándose de los pelos y revolviéndose en el asiento, Puig comenzó a desahogarse en catalán, lo que fue una gran fortuna, pues no lo entendíamos. Sólo por la entonación y por las furiosas miradas que alguna vez nos dirigía, sabíamos que nos estaba poniendo como trapos.

En esto íbamos llegando ya a la estación de Arjonilla. Cuando paró el tren, nuestra víctima se apresuró a salir sin despedirse, dio un gran golpe a la portezuela y no volvimos a verle más.