Puig se había puesto de un humor excelente con aquel encuentro. Nosotros, cada vez más confusos, le mirábamos con tan extraña fijeza y ansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarísima actitud. Abrió la portezuela al fin, y se acomodó alegremente a nuestro lado, mientras a mí me corrían escalofríos por el cuerpo, y D. Nemesio sudaba de angustia. No hacíamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a la rejilla, esperando cuándo el catalán levantara la vista y echaba de menos los bártulos. Al cabo de algunos minutos, no pudiendo sufrir más tiempo tal congoja, decidí acabar de una vez.

—Señor Puig (mi voz salió un poco ronca. D. Nemesio me miró con terror). Señor Puig... nosotros, con la mejor intención del mundo, le hemos hecho un flaco servicio...

El catalán me miró con inquietud y me turbé un poco.

—Nosotros pensamos—dijo D. Nemesio—que usted había perdido el tren en Baeza.

—Que se había usted quedado en el retrete—añadí yo.

—Y comprendiendo que su situación debía ser muy fastidiosa—siguió D. Nemesio.

—Y que le vendría muy bien que su maleta no fuese a dar a Sevilla—dije yo.

—Se la hemos dejado, con los demás bártulos, al jefe de la estación de Jabalquinto—se apresuró a concluir D. Nemesio, clavando sus ojos saltones y suplicantes en el catalán.

—¡Pues es verdad, voto a Dios!—exclamó éste levantando los suyos a la rejilla.

—Dispénsenos usted por favor...