A pesar de que le tenía muy recomendado a Villa el secreto de mis amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no pudo resistir a la tentación de informar a su adorada condesa de todo, porque observé que una noche ésta, mientras hablaba con él, fijaba sus hermosos ojos en mi con curiosidad y benevolencia. Poco después se acercó el comandante y me dijo risueño:

—Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.

Me apresuré a cumplimentar la orden de la dama, quien me acogió con extremada amabilidad.

—Siéntese aquí, que tengo mucho que hablar con usted... Ya sé que está usted enamorado...

—¡Ese Villa!—exclamé con enojo.

—No se enfade con él, porque su indiscreción quizá redunde en beneficio de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena es prima mía.

—¿De veras?—pregunté estupefacto y con poca galantería.

—No muy próxima, pero sí lo bastante para que pueda llamarla así. Su madre es prima segunda de papá.

Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y amable joven me fuera del todo simpática, fue este descubrimiento. La contemplé con embelesamiento, con un éxtasis religioso que no pasó inadvertido para ella.

—Así me gusta—dijo sonriendo.—Cuando se quiere a una mujer, ha de ser de veras.