Yo me reí también, ruborizado.
—Nunca hemos tenido un trato muy íntimo—siguió,—porque yo me he criado en Sanlúcar, y ella entró de interna en el colegio muy temprano. Sin embargo, recuerdo que cuando venía a pasar alguna temporada a Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con frecuencia. Después que entró en el colegio no la he vuelto a ver más de tres o cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una tía mía y de ella también... Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y simpática. ¡Si viera qué bien bailaba de niña las seguidillas!
—Y ahora también.
—¿Cómo ahora?—preguntó con asombro.
Entonces le expliqué de qué manera la había visto bailar en Marmolejo, lo cual celebró vivamente.
—Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida... Si no fuera por ese carácter alegre que Dios le ha dado, ya estaría muerta hace tiempo...
Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos que me había suministrado la madre Florentina habían excitado fuertemente mi curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propósito para calmarla. Isabel sabía poco, o no quiso decirlo. La tía Tula (madre de Gloria) era una señora bastante rara, con un genio diametralmente opuesto al de su hija. Parece que Gloria fue metida en el colegio contra su voluntad y que luego se hizo monja por no avenirse con su madre. De aquella insinuación que me había hecho Suárez en Marmolejo, referente a un señor que dirigía los asuntos de D.ª Tula y vivía con ella maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atreví a preguntarle. Después me dijo mirándome a los ojos sonriente:
—Además, le prevengo a usted que mi prima es rica. Su padre pasaba por tener una buena fortuna.
Yo (¡oh gran hipócrita!) hice un gesto de indiferencia.
—No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su interés por ella—se apresuró a decir.—Pero... vamos, el dinero nunca daña...