El prebendado D. Cosme, leída la carta de mi tío, me recibió cordialísimamente, manifestándome que tendría gran placer en servirme en todo cuanto pudiese. Era un señor ya anciano, con los cabellos enteramente blancos y rosetas encarnadas en los pómulos, ojos vivos y francos y boca grande, sonriente. Habitaba una gran casa, y observé en las habitaciones excesivo lujo, sobre todo para lo que estaba acostumbrado a ver en mi tierra en casa de los clérigos. Me declaró con franqueza que la prebenda se la debía a mi tío. Aunque sus ejercicios habían sido los mejores, sin la recomendación poderosa de aquél, un opositor de Teruel se la hubiese birlado. «¡Figúrese si yo tendré gusto en servirle de cabeza!» Animado por esta acogida, estuve por soltarle todo mi cuento y pedirle protección. Tuve, no obstante, prudencia para contenerme y limitarme por entonces a demandarle una tarjeta expresiva para el capellán del colegio del Corazón de María.
—¿Don Sabino Guerra?... Hombre, sí, le conozco. Fue sacristán algunos años en el Sagrario.
Sacó de un escritorio de roble tallado una tarjeta y se puso a escribir sobre ella. Aunque no me lo preguntase, por discreción, creí del caso decirle que necesitaba de los servicios de D. Sabino para ciertas particularidades referentes a una parienta que tenía profesa en la orden del Corazón de María.
—No dude usted que le atenderá—dijo entregándome la tarjeta.—Le prevengo a usted que no le tocó nada de lo de Salomón. Si le sacuden, suelta bellotas. Pero conoce bien la gramática parda. Le digo, por lo que pueda tronar, que es usted sobrino del señor Gemerediz, jefe de sección en el Ministerio de Gracia y Justicia.
Le di gracias repetidas, y le prometí, a su instancia, que volvería por allí a comer con él. No me invitaba a almorzar, porque las horas de coro le desarreglaban todos sus planes. Me convencí de que no tenía cariño al coro.
Cuando llegué a casa, después de dar algunas vueltas entre calles, me encontraba en buena disposición de espíritu para escribir la carta a Gloria. Me puse a ello y concluí de una vez sin vacilaciones ni tachaduras.
«Hermosa y amabilísima amiga: En efecto, yo he sido el desdichado que ha tenido la ocurrencia de visitar al P. Sabino y proporcionarle a usted un disgusto. Tiene usted razón. Merecía por ello gemir toda la vida en oscuro calabozo. Pero es más terrible aún el castigo que usted me ha impuesto con su enojo. Me he atrevido a tanto porque mi pobre imaginación no halló otro medio de acercarme a usted. Además, como usted me había asegurado que estaba resuelta a dejar el convento, no me pareció un acto punible tratar de saber si, una vez libre, rechazaría mis instancias. Que estoy enamorado profundamente de usted, no necesito repetírselo, porque bien lo he demostrado. Por eso su carta me ha sumido en la desesperación; porque me persuade de que mis esperanzas han salido fallidas, y nuestras conversaciones de Marmolejo no han sido más que un sueño feliz, del cual conservaré grato recuerdo toda mi vida.
Suyo hasta la muerte,
S.
Postdata. He conocido en cierta tertulia a una prima de usted, la condesita del Padul, que, siendo de la familia, había de ser, claro está, hermosa y amable.