¿Contestará usted a esta carta?
Si así no fuera, esperaré pacientemente su salida del convento, para verla siquiera una vez más y marcharme.
S.
La carta, después de leída, me satisfizo, porque, sin las redundancias de las que antes había ensayado, tocaba los puntos necesarios. Era humilde y expresiva, y la inclinaba suavemente a contestarme, que era lo que yo con ansia apetecía.
Paca no fue todo lo puntual que hubiera deseado. Haría ya una hora que la noche había cerrado, y más de dos que yo espiaba su llegada a la ventana de mi cuarto, cuando al fin apareció. Salí precipitadamente al portal y le entregué el billete, y con él, haciendo un esfuerzo sobre mí mismo, un duro. Hubo lucha para que lo aceptase, y en ella tuve momentos de desfallecimiento. Al fin quedaron las cinco pesetas en su poder.
¡Qué de fatigas comenzaron para mí! La contestación, si la había, me la traería Paca a la misma hora del oscurecer. Al día siguiente no salí en toda la tarde de casa. Ni a la cervecería quise ir con Villa después de almorzar. Cuando el sol comenzó a declinar, no contento con espiar por las rejas de mi ventana, salime al portal, y desde allí, enfilando la calle, me sacaba los ojos por si atisbaba a la cigarrera. Nada. Aquella tarde hube de retirarme triste y cabizbajo. Al otro día lo mismo; al otro igual. Ya iba perdiendo la esperanza. Villa, observando mi tristeza, me preguntó el motivo, pero no quise manifestárselo, porque lo hizo sonriendo. A mí me parecía aquello el negocio más serio de la tierra.
Al fin, a los cuatro días mortales apareció Paca.
—¿Trae usted carta?—le pregunté temblando de anhelo.
—¿Qué me da su mersé por eya?—respondió la pícara mirándome con semblante risueño.
—¡Venga, venga!—exclamé con ansiedad, temeroso al mismo tiempo de que en efecto quisiera hacérmela pagar cara.