No contenía más que dos renglones. Decía así:
«Sigue usted tan gitanillo como antes. Después que salga del convento hablaremos.»
El efecto que me causó fue delicioso. Corrió por todo mi cuerpo un estremecimiento de placer, y en los primeros momentos no supe mas que ponerme rojo de alegría y sonreír estúpidamente frente a Paca, quien a su vez soltó la carcajada.
—¡Madre mía del Rosío, y cuánto me alegraría que su mersé y mi señorita... ¡Vamo!—exclamó juntando con un gesto expresivo los dos índices.
—Allá veremos, allá veremos—respondí con petulancia, afectando aire reservado.—Venga usted mañana, que tengo que darle otra carta.
Con la alegría acudió a mi la actividad. Casi me hallaba seguro de ser correspondido. Villa, a quien tuve la flaqueza de comunicar mi dicha, entre sorbo y sorbo de café, me confirmó en ella, diciéndome después de leer la carta:
—¡Olé por la monjita barbiana! Está usted de enhorabuena, compadre. ¿Ve usted el tiempo que Isabel y yo nos queremos? Pues todavía no he recibido carta suya.
El genio de la intriga volvió a arder en mí espíritu. Me propuse proseguir al día siguiente la que tenía comenzada. Provisto de la tarjeta del prebendado, como de un salvoconducto para atravesar una región peligrosa, me arriesgué a ir de nuevo a visitar al salvaje de D. Sabino. Esta vez no tomé la vía del convento, sino que fui a llamar por la puerta que daba a la calle. Saliome a abrir la criada sorda, que al verme puso muy mala cara. Sin duda su amo se había desahogado contra mí después de la primera visita; y desde luego me dijo, cuando yo le hube preguntado por el capellán a grandes gritos, que no se le podía ver, por hallarse rezando. Repliqué que de todos modos le avisase para después que concluyese. Vino diciendo que ni ahora ni después podía recibirme. Sospecho que el clérigo, al oír llamar, había mirado por la celosía de madera que cubría las ventanas de la casa y me había visto. Entonces le entregué la tarjeta y dije que aguardaba contestación. No se hizo esperar mucho. La sorda acudió a decirme que «tuviese la bondad de subir».
D. Sabino salió a recibirme fuera de la sala con sotana y gorro. Había cambiado la decoración. Aquellos ojos de cerdo, recelosos y malignos, que me habían perseguido pocos días antes bajando por la misma escalera, brillaban ahora con expresión de humildad y temor.
—Pase usted, señor Sanjurjo, pase usted—me dijo, quitándose el gorro y haciendo reverencias.