—Bueno va—dije para mí.
Y pasé con aire triunfal, mostrándome serio y un tantico desdeñoso, lo cual surtió admirable efecto. La expresión de temor se fue acentuando en el semblante del clérigo, contraído por una sonrisa forzada.
—Señor Sanjurjo, usted me perdonará si la vez pasada no le he recibido como correspondía. Si hubiese tenido el honor de saber que estaba delante de una persona tan respetable y decente, nunca me hubiera atrevido...
Hice un ademán para que no siguiese adelante, levantando los hombros y alargando la mano hacia él.
—Usted no me conocía—dije gravemente.
—Eso es, no le conocía a usted. Yo quisiera enmendar mi falta. Basta que me lo recomiende mi amigo don Cosme para que yo le sirva en cuanto pueda.
No se me ocultó que la recomendación de D. Cosme no era la que le obligaba a estar tan deferente, sino el ser yo sobrino de mi tío. Así que dije con tono protector:
—Don Cosme es una persona muy amable y simpática. Mi tío Anselmo le quiere mucho.
—Sí, ya sé... Creo que a su señor tío debe la posición en que se encuentra...
—¡Tanto como eso!... Pero, en fin, bueno es tener aldabas donde agarrarse.