—¡Ah!—exclamé.

—Sí, señor; todo el dinero va a Francia.

Advertí que pronunció estas palabras con un poco de despecho, por donde pude entender que estaba herido por el alejamiento de los asuntos económicos.

—Vamos, es una empresa donde el personal no cuesta nada—dije sonriendo.

El clérigo no contestó; pero en sus ojos brilló una chispa de malicia, que me indicó que sólo callaba por prudencia.

—Bien—dije después de chupar tres o cuatro veces el cigarro en silencio.—Pues lo único que le ruego, por ahora, es que no se moleste a la hermana. Yo estoy seguro, no sólo por lo que usted me ha indicado, sino por saberlo de sus mismas labios, que está enteramente resuelta a salir del convento, quiera o no su madre. Para cuando llegue el caso, que será pronto, espero que usted no pondrá obstáculos...

—Yo, señor Sanjurjo, he hecho hasta ahora lo que creía de mi deber, aconsejándola, guiándola por el camino de la piedad y de la devoción... Pero desde el momento en que ella no quiere renovar los votos, yo creo que mancharía mi conciencia si contribuyese a que se la molestase poco ni mucho... Ya ve usted, sería responsable ante Dios de formar una mala religiosa.

—Justo, justo—dije, bajando la cabeza con aprobación, y pensando mientras tanto:—«¡Ah, gran tuno, qué poco te acordarías de esos tiquis miquis si no fuera por el olor del beneficio

Despedime de él, no sin prometerle alguna otra visita para convenir lo que habíamos de hacer en aquel asunto. Al tiempo de salir, le dije:

—Muchas gracias, don Sabino, y cuente usted conmigo, que tendré gusto en demostrarle mi gratitud.