Escribí otra carta a la hermana y le conté lo que había pasado con el capellán, y volví a protestar de mi inquebrantable adhesión. Me contestó por el mismo conducto, diciéndome que me propasaba a hacer cosas que no me correspondían, que no tenía derecho alguno a mezclarme en sus asuntos, y que me dejaba toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder. «Con esto, y con que yo le dé calabazas cuando salga del convento, está usted aviado», terminaba diciendo. No me desanimé por ello. Al contrario, detrás de esta salida humorística, vi claramente que aceptaba mis galanteos.

«Está bien—le repliqué;—vengan esas calabazas cuando usted salga del convento, pero déjeme usted antes contribuir a que salga.» En suma, casi diariamente nos escribíamos. Comprendía el trabajo que a Gloria le costaba esto, porque todos los días venía el billete en papel distinto, en lo blanco de otra carta, en los temas de francés de las niñas; hasta en el dorso de un figurín me tiene escrito.

Lo que a mí no, se le ocurrió a ella: buscar la intervención del conde del Padul. En una de las cartas me dijo que, si bien el conde no visitaba casi nunca la casa de su madre, ésta le guardaba estimación y cariño, y le mentaba a menudo en la conversación. «Mamá está orgullosa de su sangre, y aunque es un calavera deshecho, creo que atendería mucho a lo que le dijese mi tío Jenaro. Hable usted con Isabel primero, pero no le diga que ha salido de mí la idea.»

Así lo hice a la noche siguiente en casa de las de Anguita. Isabel se mostró muy propicia a ayudarme, y agradecida por la confianza que le hacía. Ella se encargaba de decírselo todo a su padre y rogarle que pusiese su influencia a mi servicio. Estaba segura de obtener buen éxito. El conde tenía un gran corazón, no había en el mundo un hombre más propenso a sacrificarse por los demás.

—Ya verá usted qué simpático es mi papá. Quedará usted encantado de él. En Sevilla no hay quien no le conozca y le quiera.

Me conmovió la ternura y el entusiasmo con que la condesita hablaba de su padre, que, según la voz pública, la estaba arruinando. Quedamos convenidos en que aquella noche, al retirarse a casa, le enteraría del caso, y en que al día siguiente, antes de almorzar, fuese yo a visitarle y proponerle lo que se podía hacer. Y en efecto, al día siguiente, correctamente vestido de levita negra abrochada, guantes, botas de charol y sombrero de copa alta (casi del todo inusitado en Sevilla), me personé en la mansión de los condes del Padul, situada en la calle de Trajano. La fachada no era suntuosa; un caserón de sillería deteriorada y ennegrecida, con algunas molduras toscas; los balcones de hierro toscamente labrados también; las armas de Padul en el medio, cerca del techo. Por dentro era muy distinta. El patio magnífico, con arquería de mármol primorosamente labrada: en el centro había un jardincito y por entre el follaje veíase blanquear una fuente monumental de mármol y se escuchaba el rumor del agua. Por una puerta de cristales columbrábase, tras larga y oscura galería, otro patio y jardín. Subí por una escalera de mármol igualmente, acompañado del criado que salió a abrirme. En lo alto de ella estaba Isabel, sonriente y hermosa, que parecía un sueño. Vestía una bata blanca con adornos azules, y sus dorados cabellos caían en gruesa trenza sobre la espalda, con un lacito azul también en la punta. Comprendí mejor que nunca el loco amor de mi amigo Villa. Mis ojos debieron expresar tan sincera admiración que se ruborizó levemente.

—Papá duerme todavía—me dijo.

—Entonces, me retiro; ya volveré.

—Nada de eso; pase usted, que no tardará en levantarse.

Me obligó a pasar a un salón lujosamente decorado con tapices y objetos antiguos de gran valor. Lo que le hacía deslucir un tanto eran ciertos muebles de moderna factura, que contrastaban ingratamente con aquéllos. Sentose en un diván y yo traté de acomodarme en una butaca; pero la condesa me señaló en el mismo diván asiento, y me coloqué a su lado.