Y a los pocos instantes, levantando el portier de seda encarnada con greca amarilla, se presentó el conde a medio vestir aún, con un batín de color gris y vivos azules, y pañuelo blanco de seda cubriendo mal la desnuda garganta. Era, a pesar de este traje casero, la misma arrogante persona que había visto dos o tres veces en casa de Anguita. Sólo que aquella expresión de fatiga que había advertido en su rostro se mostraba ahora más claramente. El color de su rostro era moreno cetrino. En sus facciones había regularidad y decisión; ojos grandes, negros y opacos; la cabellera gris, abundante y ondeada. Era una figura enérgica e interesante. Me estrechó la mano con franqueza y cordialidad. Yo sentí crecer la vergüenza en mi pecho, y quedé turbado unos momentos en su presencia. No pareció advertirlo. Me obligó a sentarme, y acto continuo me presentó el cajón de cigarros. Comenzamos a fumar, y esto, y las miradas de aliento que me dirigía Isabel, contribuyeron a serenarme.
El conde se mostró sumamente fino y deferente. Me dijo que recordaba haberme visto en casa de Anguita, aunque no había tenido el honor de cruzar la palabra conmigo. Se informó de mi patria, de mi edad y profesión, mostrando un interés que me sedujo tanto como me sorprendió. Yo tenía idea de que era un hombre seco y desdeñoso en su trato, como suelen ser los calaveras famosos, tal vez por el tedio que les acomete cuando trasponen la edad juvenil. De D. Jenaro Montalvo (que así se llamaba) había oído contar las acciones más extravagantes y los casos más estupendos. La mayor parte de ellos no le acreditaban como hombre culto y bien educado. Algunos hacían presumir que sus sentimientos no eran muy delicados. Contábase en Sevilla que el conde se embriagaba a menudo, y en las juergas que corría con sus amigotes, casi toda gente soez, hacía cosas indignas de su nombre. Una noche había desnudado a las mujerzuelas que le acompañaban y las había zambullido en el río; otra vez había hecho violencia a una criada del establecimiento donde cenaba en presencia y ayudado de sus amigos. Decíase que en cierta ocasión había disparado el revólver sobre unos muchachos que le dirigían en son de burla el reflejo de un espejo a los ojos; se había batido con una pistola cargada de arena y otra de pólvora, y había matado a su contrario. Fue íntimo amigo del Naranjero, el célebre bandido de Córdoba, y se hacía acompañar por él en sus cacerías por la sierra. Todas estas cosas, y otras muchas que omito, habían formado en torno suyo una leyenda, mitad caballeresca, mitad rufianesca, que le hacía muy conocido y popular en la ciudad. Se me revolvían todas ellas en la cabeza al hablar con él, y le contemplaba con muchísima curiosidad y mezcla de repugnancia y admiración. Pero los modales corteses y la afabilidad extremada de D. Jenaro borraron tales impresiones a la postre. Cualquiera se resistiría a creer que aquella persona suave, atenta y cortés fuese el héroe de tanta anécdota brutal y escandalosa. Por su palabra grave y reposada, por sus modales aristocráticos sin altivez, pero donde se traslucía su linaje, por la leve insinuante sonrisa que acompañaba a su discurso, era el perfecto tipo del caballero a la antigua española.
—¿Conque voy a tener el gusto de llamarle pronto pariente?
—¡Oh! señor conde—respondí todo sofocado,—el honor sería para mí... pero no hay nada de eso.
—¿Por qué no? Mi sobrinita le quiere a usted... Usted la quiere a ella... Se casan ustedes, y en paz.
—Para llegar ahí hay mucho camino que andar.
—Se andará—dijo Isabel.
—Bueno—manifestó el conde sonriendo y dirigiéndose a la vez a su hija y a mí.—¿Y qué quieren ustedes que yo haga en este asunto?
En la sonrisa que contraía sus labios advertíase benevolencia y también un poco de burla, que volvió a desconcertarme. Isabel respondió por mí.
—Queremos que trabajes para que Gloria salga del convento. Por confesión de ella misma, tiene deseos de salir. Hay obstáculos que al parecer se lo impiden. Quiero que tú averigües cuáles son y que los deshagas.