—¡Quiero! Mejor dirías ordeno y mando—dijo el conde soltando una carcajada.—¿Qué le parece a usted de la princesita? ¿Sabe o no sabe mandar?
Yo me contenté con sonreír.
—La tía Tula—prosiguió la joven, sin hacer caso—te quiere mucho. Estoy segura de que hará lo que tú le aconsejes.
—¡En seguida! ¡Si no la he visto hace un siglo!
—No importa. Te haces encontradizo con ella... Para eso es menester que te levantes un día temprano... Ya sabes que va a misa a San Alberto... Le dices que has estado, con cualquier motivo... conmigo, por ejemplo, en el colegio del Corazón de María, que has hablado con Gloria y que consideras que no debe permanecer en el convento por esto y lo otro... Que no tiene vocación de monja, y que sería cargo de conciencia tenerla allí contra su gusto. La tía, aunque no sea más que por vergüenza, se apresurará a sacarla... De lo demás yo me encargo.
—Todo eso está muy bien—dijo el conde después de una pausa, mirando con cariño a su hija.—Sólo hay un punto negro.
—Ya lo sé; el madrugar, ¿verdad? Yo me encargo de despertarte...
—¡No, no!—exclamó asustado.—Prefiero ir directamente a casa de la prima.
—¡Qué hombre tan perezoso!
—Siento en el alma, señor conde, ocasionarle a usted una molestia... mucho más cuando no tengo título alguno...—me apresuré a decir.