—Usted es muy dueño, señor mío... Pero ya lo haremos sin todos esos laberintos que pide esta chiquilla... Déjelo usted de mi cuenta, que yo me encargo de arreglarlo todo... Vamos a ver—añadió dirigiéndose a su hija,—este señor, seguramente, me ha de recompensar mandándome los dulces el día de la boda... Pero tú ¿qué vas a darme por ello?

—¿Yo? Un abrazo muy apretado y un millón de besos. ¿Te conviene el precio?

—Me conviene—respondió D. Jenaro, cogiéndole la cabeza con las dos manos y besándola con ternura sobre los cabellos.—Ahora ve a decir que nos pongan el almuerzo... Supongo que el señor almorzará con nosotros.

Traté de excusarme, porque me parecía demasiada confianza para el primer día; pero ante la insistencia afectuosa del padre y la hija, hube de rendirme. Mientras nos avisaban, continuamos conversando. El conde me pidió permiso para arreglarse en mi presencia. Hablamos de caballos y toros. Era peritísimo en estos asuntos, y daba gusto escucharle. En cambio, en cuanto mudé la conversación y le traje a la política, D. Jenaro no emitió más que ideas vulgares o disparatadas. España, en su opinión, no podía gobernarse sino a latigazos. Lo primero que hacía falta era barrer a todos los granujas que bullen por los ministerios, y poner en su lugar personas decentes y de arraigo. Luego, ¿para qué sirve el Congreso? Para que medren unos cuantos ganapanes que no saben más que charlar por los codos. Fuera el Congreso y fuera el Senado. Una persona arriba, llámese rey, presidente o Preste Juan, que tenga firme por la rienda y arree con el látigo al que se desmande. Luego, nada de indultos. Al que conspire, cuatro tiros y en paz. Cuando se tuvieran llenas las cárceles, se metía a los criminales en un barco viejo, se le llevaba a alta mar y se le daba un barreno. ¿Por qué ha de mantener la nación a los bandidos, vamos a ver?

Yo, que estaba pasmado de aquellas atrocidades, asentía sonriente con la cabeza. En aquel momento hubiera convenido con él en que era menester degollar a las dos terceras partes de los españoles. Luego que se hubo arreglado, pasamos al comedor, situado en la planta baja, con dos puertas vidrieras al patio. Era una pieza grande, un poco destartalada, donde había dos armarios de roble tallado antiguos, espejo grande de marco negro, una mesa elástica de estilo moderno y sillas de rejilla. Al lado de nosotros vino a sentarse una señora vieja, modestísimamente vestida, de semblante pálido y rugoso, cabellos blancos y anteojos ahumados. Nos hicimos una inclinación de cabeza, y apenas abrió la boca mientras duró la refacción. Ni el padre ni la hija me presentaron a ella. Después supe que era una parienta lejana, llamada Etelvina, que el conde había buscado para acompañar y autorizar a su hija, según los casos.

El almuerzo fue sencillo. En Andalucía no se da a la mesa la importancia que en los países del Norte. Observé que el conde comía poco, lo cual, según me dijo, le pasaba casi siempre a la hora de almorzar, quizá por levantarse tarde. En cambio, a la noche solía tener apetito.

—Eso es lo que yo no puedo atestiguar—dijo Isabel, sonriendo con tristeza.

—¡Claro, como que nunca me has visto comer!—dijo el conde, un poco contrariado por el oculto reproche.

—Poquitas veces—añadió la joven tímidamente.

—¡Phs!—murmuró D. Jenaro, levantando los hombros con indiferencia.—Supongo, señor Sanjurjo, que usted ya se irá acostumbrando a las exageraciones de las andaluzas.