Seguimos hablando de política. Luego volvimos a hablar de toros. Por último, recayó la conversación sobre poesía. La exquisita amabilidad del conde le impulsaba a ello, pues que yo le había sido presentado como poeta.
—En España hay muy buenos poetas—dijo el prócer con la mayor vaguedad posible.
—¡Phs!... Sí, sí, algunos.
Como este relato es una verdadera confesión, declaro que aquel «¡Phs!», pronunciado con indiferencia desdeñosa, quería significar que yo, como gran poeta también, no estaba obligado a admirarme de otros grandes poetas, sino a profesarles tan sólo la estimación debida a los compañeros. Que se me perdone esta flaqueza que confieso. Otros las tienen y no las confiesan.
—Me han gustado siempre mucho los versos... Leo pocos, ¿sabe usted?... Como uno tiene tantas cosas que hacer... ¿Y cuál es el poeta que usted prefiere?
—¿Yo? Zorrilla.
—Perdone usted, señor Sanjurjo; confieso que escribe muy bonitos versos. Algunos he leído, y aun sé de memoria, que me encantan... Aquello de
Pobre garza enjaulada,
dentro la jaula nacida,
¿qué sabe ella si hay más vida
ni más aire en que volar?
es precioso, ¡precioso!... Pero yo no puedo sufrir a ese señor. Creo que es quien tiene la culpa, hoy por hoy, de todo lo malo que sucede en España.
Quedé con la boca abierta.