—Y es muy rara, ¿no es cierto?
—Muy rara.
Pormenores de las rarezas de su prima no fue posible sacárselos. Confirmaba los que el conde relataba, con un movimiento de cabeza.
Cuando nos levantamos de la mesa, yo me apresuré a despedirme por no molestar. Isabel aprovechó el momento para rogar a su padre que fuese aquella noche con ella al teatro. El conde respondió, mientras encendía un cigarro:
—No puede ser: ya sabes que no me gusta la ópera.
—Vamos, papaíto; esta noche solamente—repitió la joven con mimo, besándole la mano que tenía cogida.
—No puede ser; me aburro y me duermo. ¿Por qué no vas con las de Enríquez?
—Pues por eso precisamente. He ido convidada una porción de veces, y me da vergüenza no llevarlas alguna vez.
—Manda por un palco, y llévalas.
—Bien sabes que eso no puede ser, papá. Parecería muy feo que tú no fueses autorizándome.