—Pues, hija, lo siento... pero yo no voy.

—¡Parece mentira que me niegues este favor! Si te lo pidiese todos los días, se comprende... ¡Pero una noche tan sólo! Bien podías hacer el sacrificio de dejar a tus amigos...—profirió la joven con voz alterada, pugnando por no llorar.

El conde volvió los ojos hacia ella, y le dirigió una mirada larga y dura sin decir palabra. Isabel bajó los suyos con temor, y por debajo de las negras pestañas asomó temblando una lágrima.

Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto. Pareciome que el conde era un padre muy tierno sólo mientras no se tocase a sus gustos y placeres.

VIII

Con perdón de ustedes, pelo la pava.

—Diga usted, Matildita, ¿hace más calor que éste en Sevilla?