Debí de ponerme pálido, pensando que iba a anunciarme una catástrofe. Si hubiera tenido el espíritu sereno, podía comprender que las mujeres gozan interviniendo en las intrigas amorosas y desempeñan su papel con mucha seriedad. Vi que se acercaba al piano y comenzaba a teclear distraídamente. Agitado y convulso, me aproximé también.

—Prepárese usted a recibir una noticia importante—dijo la condesita, sin mirarme y con acento grave y misterioso.

—¿Qué hay?—murmuré con voz desfallecida.

—Gloria está ya en su casa.

Creí que me caía. Tardé algunos segundos en contestar.

—¿Cómo? ¿En su casa? ¿Desde cuándo?

En aquel instante, Joaquinita, ¡maldita sea su estampa!, se llegó a nosotros con sonrisa picante.

—Pero ¿qué tapujos traen ustedes? ¿Contra quién se conspira?

Yo no pude reprimirme un gesto de impaciencia. Pero Isabel, con mayor aplomo, sonriendo plácidamente, respondió:

—Contra ti.