—¡Puede!—replicó la de Anguita, riendo para disimular su recelo.
—La pura verdad.
—Sí será; porque yo nunca te he sido simpática—dijo Joaquinita sin dejar de sonreír, pero con acento irritado.
—En efecto, lo que se llama simpática no me lo eres.
Al decir esto sonreía con la misma dulzura. Yo pensé que estaban hablando en broma.
—Pues, hija, no haces más que tomar lo que yo te he cobrado por anticipado.
—También lo creo. Hace tiempo que sé que me aborreces.
—No; aborrecerte no, pero quererte tampoco.
—Sí, aborrecerme; ¿por qué no eres franca, como yo lo soy?
—Con franqueza te digo que no te quiero.