Se hablaban con tal sosiego y naturalidad, sonreían de un modo tan plácido, sobre todo Isabel, que cualquiera dudaría, como yo, si estaban bromeando. Sin embargo, al fin pude convencerme de que se lo decían muy en serio, lo cual me sorprendió y a la vez me hizo gracia. Las dejé departiendo, al parecer amigablemente, y fui a contárselo a Villa, quien arrimó el ascua a su sardina, exclamando:
—¡Qué corazón tan franco el de Isabel! ¿verdad? Ni cuando quiere ni cuando aborrece puede ocultarlo.
Antes de retirarse, tuvo ésta ocasión para invitarme a almorzar al día siguiente, de parte de su papá. Acepté con júbilo, porque sabía que íbamos a hablar de lo que más me interesaba. Pero antes de ir a su casa di más de treinta vueltas aquella mañana por la calle de Argote de Molina, donde Gloria vivía. Esta calle, una de las más originales e interesantes de Sevilla, va desde la de Conteros a la iglesia de San Alberto. Es estrecha y hace una porción de vueltas, con recodos bruscos que le prestan carácter misterioso y poético. Transita por ella poca gente, y está habitada en general por familias bien acomodadas, a juzgar por los suntuosos patios que a derecha e izquierda se ven al través de las cancelas.
La casa de doña Tula ocupaba uno de los rincones más solitarios. No era grande, pero estaba restaurada recientemente con bastante lujo. Solo tenía un piso alto, con dos balcones miradores, y uno bajo, con dos grandes ventanas enrejadas. El pavimento del portal era de mármoles finos; la cancela, elegante con delicados trabajos en los hierros; el patio, no grande, con primorosa arquería de jaspe, lleno de plantas y flores. Advertíase que no faltaban el dinero y el gusto. Yo tenía bien conocida aquella casita. En cuanto llegué a Sevilla, fue una de las primeras que visité, porque Gloria me había dado las señas. Mas en todo el tiempo que hacía que allí estaba no había logrado ver alma viviente ni en los balcones ni en el patio, y eso que había pasado bastantes veces por delante.
Lo mismo acaeció esta mañana, lo cual me pesó, como es natural, más que nunca. No vi a Gloria ni rastro de ella. Los miradores seguían con los mismos transparentes de tela fruncida; las ventanas, con las mismas persianas verdes; el patio, en idéntica soledad. Ni una sombra ni el más leve ruido. ¡Qué anhelo, qué curiosidad sentía yo por ver a mi monjita con el vestido de sociedad! Durante el almuerzo, Isabel me dio cuenta de los trabajos de su padre en mi favor. El conde no estuvo tan expansivo y locuaz como la otra vez. Se conocía que algo le preocupaba, tal vez una pérdida grave en el juego de la noche anterior. Había ido de visita con su hija a casa de la prima Tula, con pretexto de llevarle noticias de una parienta que tenía en Filipinas. Siguiendo los impulsos de su carácter, atacó bruscamente la fortaleza, reprobando en términos severos la estancia de Gloria en el convento. La tía había intentado defenderse, alegando que era vocación de su hija y que su conciencia no le permitía contrariarla; pero el conde la atajó con energía, manifestando que para creer en esa vocación era menester demostrarla.
—Mira, chica, sácala del convento; pero no para encerrármela en casa, como la otra vez. Que vea el mundo, que entre en sociedad, que asista a teatros, paseos y tertulias. Si después de hacer esta vida durante seis meses o un año persiste en meterse monja, déjala que vaya bendita de Dios. Mientras tanto, a nadie convencerás de que no se ejerce presión sobre ella.
—¡Uf!—exclamó Isabel, después de repetir estas palabras de su padre.—La tía se puso de veinticinco colores. Creí que le iba a dar un desmayo.
—Si le hablé tan duramente—dijo el conde sin levantar la vista, con acento de mal humor,—fue porque estaba presente aquel señor tan empachoso.
—El pobrecito no dijo una palabra. Se estuvo lo mismito que un muerto.
—¡Tendría que ver que dijese algo!—replicó el conde con arrogancia.